Abril del 2016, Providencia se une al río
Mapocho en un solo cuerpo por culpa de la negligencia y patético cálculo de
unos miserables ingenieros que se creyeron más importantes que la naturaleza y
que por hacerla corta, fácil y barata no hallaron nada mejor que parchar de
mala manera un dique de contención que sólo sirvió para que el torrente del río
subiera y cayera libremente por la cuenca, las calles, las avenidas de la
comuna de Providencia. Se deslizara libre bajo los estacionamientos y los
departamentos de los vecinos del sector, y además inundara implacablemente los
edificios comerciales que son el sustento de muchos comerciantes pequeños,
ahogando para siempre sus esfuerzos e inversiones.
El gran edificio-falo en medio de la
tragedia, testigo inmutable y víctima también aunque salvado por el milagro de
estar por sobre todo y sobre todos. Enclavado en el business center de Santiago
con su dueño indolente, inmutable, diciendo que todo se solucionará a la
brevedad, como si él fuera el dueño del país completo. Ese mismo dueño del
edificio mall donde se han suicidado hasta la fecha más de 7 personas
lanzándose al vacío como si la muerte tuviera solución porque se tapa y la vida
fuera una rutina pegada con alquitrán bien negro en el alma de los habitantes
persistentes y permanentes transitando con sus bolsitas y sus deudas en el gran
mall que hizo que la zona entera se adecuara a él.
El estado chileno culpando a la empresa
de ingeniería y lavándose las manos cual Poncio Pilatos.
Porque es importante consumir
Es importante consumir-se.
Ese día se ahogaron muchos sueños y
esfuerzos, algunos en vasos medio vacíos y otros en toneladas de lágrimas en
vasos repletos de angustia, ira y dolor.
Ese día como nunca quedó a la intemperie
este país dividido entre la mediática y expuesta prepotencia del poder y la
invisibilidad de los que restan.
Los
que perdieron, lo perdieron todo. La empresa responsable no respondió y como ya
todos sabemos, no responderá jamás.
Se espera que el olvido sea como el río y
se lo lleve todo rápidamente, como es costumbre en el país de los inmemoriados
sin luz.
Pero no, no ha sido así.
¿Al olvido? Jamás!!
Catalina y Laura Infante, dueñas de la
librería Catalonia, se encargaron de crear un muro de contención para quienes
aman las letras, para quienes escriben y quienes leen, para quienes imprimen y
empastan, para quienes ilustran y conceptualizan en imágenes lo que está
escrito, porque en lugar de quedarse con el fango de la indolencia y la
angustia de las perdidas prefirió filtrar la mugre y convertirla en líquida
transparencia renacida.
Porque no son solo libros los que se
ahogan entre el barro y la mierda, también se hunden para siempre la imposibilidad de
leerlos y tenerlos “quienes formamos parte de ese mundo paralelo, ese que
contempla al otro para construir comunidad, y que a través de la literatura y
el arte siente que el mundo puede ser un poco mejor para tod@s” como bien dijo
Catalina Infante en sus discurso el día de la inauguración de esta bellísima
exposición.
Re-lectura
después de la embarrada
Hay un después de todo esto porque en el
antes los libros y las lecturas siempre han sido parte del terreno del
conocimiento, del debate, del aprender, del pensar, del dudar. Libros y lectores forman una
sociedad de un enriquecimiento incomprensible para quienes creen que
enriquecerse es un asunto concerniente al dinero.
Leer es enriquecerse pero en la vereda de
enfrente, esa vereda llena de barro, la invisible, la opaca, la under. Leer es ser
como un millonario subversivo en la
clandestinidad.
Leer es peligroso, esto no es nuevo. Por
siglos muchos libros prohibidos caminaban esposados a sus propias hogueras como
criminales responsables de revueltas indeseables para la sociedad.
Pero como dije, hay un después siempre.
Un después inevitable y que llega brillante de luz en el trabajo de 50 artistas
inspirados por un llamado magnífico y memorable; esta vez hay que rescatar del
barro las letras, los dibujos, las líneas, los poéticos paisajes del nunca
jamás y exponerlos como restos dignos de un fallecido limpio y despojado de sus
deudos pero reencarnado y reluciente.
Libros fallecidos limpiados por el agua
nueva, como un rito sagrado y congregador que nos habla de leer bajo el agua,
un agua quieta y mansa.
Leer bajo el agua es ahora la única
metáfora que quedará viva en cada uno de los que han perdido un libro en el
barro, gracias a esta muestra que cuenta con la brillante curatoría de Fernando Andreo llena de
inspiración y creatividad y de una notable capacidad de producción y
organización de Alejandra Tala quienes congregaron a grandes artistas plásticos
chilenos que en un tiempo record de un
mes lograron re crear las lecturas perdidas de 6134 libros embarrados.
Porque no hay otra razón de ser de un
libro que la existencia de alguien que lo lea. El sentido relacional es lo que
se rescata en esta genial muestra.
Entonces ahora estarán aquí inmortalizadas
las Ofelias entre poemas salvados de diluvio de las lágrimas de los amantes desilusionados,
ahí las espadas de reyes imberbes que atraviesen la inexistencia de lo que
nunca sabrán. Los Neo paraísos que nos manchan con asco, ahí entonces los white
dripping llenos de inmaculada cal salvadora, no podrán ser como las bellas y
silvestres lágrimas renaciendo en forma de semillas verdes llenas de vida de
aquellos libros, aquí donde el rey es
una pequeño infame ignorante improvisador sin alma, donde la cultura es bajo el
agua y para liberarla debemos tener hilos de oro, aquí donde la bandera del
país es una especie de mueca triste llena de cuadritos pintados con amor sobre
las letras, las estatuas de las fronteras tendrán solo sentido si las llenamos
de letras y pedacitos de libros salvados porque demarcarán lo ilimitado de
nuestras existencias, las páginas
sueltas en el viento volarán para vestir aquellos maniquíes sin vida de ese
mall de mierda y tendrán la marca indolencia en lugar de París o Ripley para
siempre, esas páginas sueltas ordenadas de nuevo al azar amoroso pero de ciego
que alumbra, páginas con el jardín de las delicias iracundas y solitarias.
Entonces ahora esos libros se nos harán
lo que han sido siempre; amables compañeros de rutas imaginarias, serán las
ficciones que nadie nos robará, son nuestras ficciones en este mundo lleno de
realidades vacuas, serán nuestras tablas de salvación, nuestros neumáticos
salvavidas de un Mapocho que cada cierto tiempo nos dice que solo somos seres
humanos habitando sobre él.
Pero tenemos la ficción, la aventura, la
poesía, la fotografía, la tenemos aún.
Sin barro ahora
Con agua amorosa y quieta.
Porque esa agua es nuestra aunque la
realidad y los tribunales nos digan que alguien la ha comprado, es nuestra como
la ficción y la poesía de estar vivos amando aún este valle de Santiago tan
injusto a veces y tan bello y amable otras.
Entonces nuestros ojos para leer de nuevo
todos estos libros será el agua nuestra de cada día.
En frente de ellos pondremos nuestros
libros de barro renacidos en obras de arte
Y los leeremos de nuevo una y otra vez.
Aunque no les guste a los otros, los de
la otra vereda.
Guillermo Grebe










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