La matemática es un canal que funde el universo, la naturaleza con sus organismos perfectos puede alinearse en orden estructural a pesar de que nada ni nadie haga pie en el esfuerzo de ignorarlo. La matemática está en todo y las formas que componen lo que conocemos como realidad navegan en el subconsciente con una tendencia a organizarse según su lógica sin azares ni pausas.
La matemática es intrínseca en la producción artística y ahí está la música y la pintura como ejemplos palpables de fundición inevitable. En estas dos áreas hay organización numérica estructural; en una pauta musical lenguaje universal de los músicos, pentagramas, notas, silencios, todo es ritmo numérico perfecto.
Pero está el Jazz y el gospel, los ritmos que provienen del África que asumen desde una libertad creativa y sensual el componente de su propia estructura de armonía, melodía y ritmo. Están también los sonidos guturales, los ritmos monocordes de culturas ancestrales provenientes desde el ombligo del vernacular existir más allá de la tierra que se conoce.
La música que se eleva de manera espontánea y colectiva y que se convierte en magia embriagadora reuniendo en los encuentros espontáneos o congregados por los espíritus de las creencias una mezcla fervorosa de las carnes y los huesos y las almas en formas de danzas o de éxtasis íntimos.
Ernesto Holman se encontró un día con la pintura caminando entre la luz de sus notas musicales, partituras e improvisaciones cual chamán sale a buscar respuestas en la montaña. Experto bajista este encuentro le golpeó tan fuerte como una alucinación percutida desde algún espacio misterioso del cielo.
El contrabajo eléctrico quedó a un lado por un tiempo y la música aquella vernácula que corría por su sangre empezó a figurarse, a tomar la forma de un aggiornamento donde se fundieron los misterios del universo ancestral, presente y futuro en un mismo soporte plano y mudo de una tela o un papel. Lo que era música dio paso entonces a una travesía que pretende explicar lo que no se puede explicar en el sonido pues eso solo se puede encontrar en el vacío y en el silencio, en el aislamiento desde donde se le hace el amor al silencioso misterio de la existencia.
Ernesto logró una producción equilibrada que deja un respiro curioso pero fecundo donde la explicación del todo deja espacio para pequeños capítulos divididos que dan cuenta de un camino que es mucho más alucinante que el silencio.
La experiencia de estar viviendo se cubre de formas musicales y de silencios, de buena música y de estridencias inaudibles y aun así existe la posibilidad de ser sujetos de una armonía que le da algo de velocidad juguetona a la pequeña particularidad tediosa de las rutinas.
Las figuras que surgen de su trabajo dan cuenta de algo que se encuentra en ese trance vertical tan perfecto como la matemática partitura cruzada por formas surgidas de la libertad que proviene de lo ancestral, de lo intuitivo, de la magia acumulada en educación oral que va de boca en oído por otros siglos y se propaga en formas de narraciones acompañadas de alguien que en silencio escucha atentamente.
Los tambores que se esconden en cada pulsación de dedos y mano sobre las cuerdas del bajo tienen también este campo de acción. Mientras una mano se ocupa de pulsear los trastes desde donde se forman las notas musicales la otra golpea dejando que se escape el sonido de esas notas generando un cruce vertical-horizontal que no puede componerse en forma pictórica pero no puede negar su estructura de equilibrio que generará una obra de arte con melodía y ritmo.
No es tema importante si es en forma de pintura en acrílico o usando herramientas digitales la expresión o la abstracción son siempre una forma de eludir con valentía la realidad. Es en cierto modo crear otras realidades a partir de escapar de la que se conoce. Una forma de renacer de manera permanente y persistente que hace del arte algo inacabable.
En este sentido la obra de Ernesto Holman propone un abstracto con códigos que hay que interpretar, invitan a un descanso de la mirada y hacen de la observación un juego placentero que abre las puertas, las ventanas, los ojos y los oídos hacia una nueva explicación de las cosas. De las que nos congregan y de las que nunca sabremos que existen, pero de algún modo nos dicen que podemos estar en paz.
En fin, quien inventa le regala miles de años de luz al mundo.
En eso anda Holman cuando crea una partitura libre para una nueva pintura.
Guillermo Grebe
elartwriter












































